sábado, 31 de marzo de 2012

El arbol; ella y él

Su presencia enraizada, firme. Ella sentada a sus pies. Apoya todo el peso de su cuerpo en él. El la sostiene, no se opone, no resiste. Sus brazos se estiran sobre ella, envolviéndola, techándola, protegiéndola. Después de un suspiro ella le acaricia los pies, huele su piel erguida, se eleva en su fragancia almendrada. él  la mima con un soplo, la envuelve en su sudor caliente. Y más se acerca ella. Se apoya con el peso entero de su cuerpo. En un ataque de repentina bronca, la posee un agridulce ímpetu de empujarlo de sus cimientos. Sacudirlo. Despertarlo. Volverlo real. Desmesurado dilema, propasada paradoja. Pues lo que encontraba en él no lo encontraba en nadie más.

Su presencia impecable en el rincón del parque a la espera de ella, aquella firme fidelidad que nadie más podía ofrecerle, solo su inhumanidad podía garantizar. 

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