Estoy. Hace una hora. Hora y media. Quizás estuve toda la mañana. No importa. Desde que recuerdo que estoy acá, en esta espera infinita. Mi único remedio es pensar en lo que viene. Es mi única esperanza en este purgatorio, mi fin. El fin; mi razón. Es lo que espero, lo que vendrá.
Pasa caminando frente mío. No me gasto en estirar un brazo para tocarlo siquiera. La certidumbre de que cuando llegue a estirar mis dedos, su marcha acelerada me habrá esquivado justifica ni gastar mis fuerzas en tocar el tiempo que pasa. Solo lo miro caminar, un paso a la vez, un ritmo cada vez más agitado. Gira en la esquina y desaparece en la nada.
El tiempo pasó, lo vi pasar yo misma. El purgatorio sigue sin él. El purgatorio vacío. Con el peso de mis manos, un dedo se mueve. Se me mueve. ¿A mí? No le ordené nada. La otra mano se le acerca para frenar el ímpetu incontrolable de esta mano izquierda, esta mano revoltosa que no aguanta la espera. Áspera la toca. Áspera, seca, pero tibia de sangre que le hierve por dentro. Si algo reconozco es mi propia mano.
De golpe, ahí la veo, a lo lejos. Mira en mi dirección ¡Mi razón; mi fin! No debo perderla de vista, ahí está. La veo a lo lejos, corriendo. Sonrisa expectante en cara. La suavidad de su rostro resplandece desde la distancia, compartimos el júbilo. Entrecierro los ojos para asegurarme que se me aproxima a mí, la desilusión de una confusión sería insoportable, terminante. Pero sé que no queda otra, no me dejaría sola en esta espera tormentosa. Es ella. Y está cada vez más grande-¿Será porque crece o simplemente porque se me acerca?-, en un instante aparece frente mío.
Su pulso acelerado de tanto andar, su respiración profunda. Siento el galope de su corazón en mi propio pecho. Pero la veo distinta, no como la imaginé. ¿Sos la misma que vi a lo lejos? ¿Sos vos?
'Si, soy yo' responde tímida. Percibo como su sonrisa de satisfacción se transforma en una mueca de angustia, la angustia de no saber qué pasará, cómo voy a responder a su esperada llegada.
Pero su cara no es la misma que vi a lo lejos. Ella no es la muchacha que corría hacia mi empapada en juventud. No es aquella que observé un instante.
Su expresión, ahora atormentada, me mira como preguntándome qué era lo que esperaba. Por qué no ella. Sus ojos alicaídos chocan con los míos. Su mirada desesperanzada (que me hacen deducir que probablemente yo tampoco era quien ella esperaba encontrar) me miran fijos. Con esta mirada cansada me sofoca una sensación de familiaridad... pero ¿de dónde me suena esa mirada que empezó risueña y ahora perdió todo su brillo? Quizás la haya visto alguna vez al pasar, quizás sea una amiga de la infancia que no recuerdo, pero no dudo que a esa mujer la vi alguna vez, algo comparto con ella, algo nos une. El recuerdo del tiempo que vi pasar esta misma mañana me asalta la mente (ya ni recuerdo si eso ocurrió esta misma mañana), y con él me trepa una angustia que me aturde.
Como liebres encarceladas por luces altas en medio de una ruta nos miramos. No queda alternativa, el auto no puede frenar, la liebre será atropellada en cualquier momento. Pero esos últimos segundos indudablemente serán los más luminosos de su existencia. La presión, acelerada, aprieta mi pecho, lo aplasta, lo retuerce, lo exprime. Siento la proximidad de la muerte, el tiempo ya pasó ahora solo le falta a ella pasar, y así mi espera habrá llegado a su fin. Pero este fin no era mi razón, y esta persona frente mío no es quien espere desde que recuerdo estar sentada en este mismo lugar, en este sufrimiento, en este purgatorio.
Ella está nerviosa. Los ojos ahora colorados de angustia en cualquier momento estallaran de melancolía después de su última pregunta, '¿a mí me esperaste todo este tiempo?'. Pero yo no sé quién es ella. Yo no sé qué quiere, yo no sé que hace, yo no la conozco. Y cierro mis propios ojos, y asi noto que estaban tan hinchados como los suyos. Rebalsa una lágrima. Escurridiza cae por un cachete de mi cara cansada. Ella se me acerca aún más, y con los dedos de la mano izquierda toca mi cachete húmedo en un afán por secarme la cara ahora empapada. Las lágrimas le penetran la mano. ¿Lágrimas de qué? ¿De satisfacción por haber encontrado lo que tanto esperaba, lo que estuve esperando por lo que me pareció la vida entera? ¿O lágrimas de angustia? La imagen del tiempo pasando por enfrente mío, intocable, todavía persistía en mi cabeza. Ahora me recordaba a mi misma sentada, esperando, esperando, esperando, sin verdaderamente saber qué esperaba, pero esperando simplemente porque era mi única esperanza, y esta misma esperanza era mi fin, mi razón por estar, por existir.
Abrí los ojos empañados, y la mire, con la ternura del mundo entero. Mi mano izquierda finalmente se liberó de la derecha que le apretaba firme. Se estiró hacia su mano. Y, por primera vez que recuerdo de esa mañana (que por alguna razón parece ocupar los recuerdos de mi vida entera) toca algo, toca su mano. Es éste mi momento de iluminación. Resplandecen las luces altas del automóvil antes de que me atropelle. Aprieto su mano, la siento. Áspera, seca, pero tibia de sangre que le hierve por dentro. Si algo reconozco es mi propia mano.